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Columnas Publisher’s Weekly

El texto encuentra un cuerpo | Columna Publishers | Raquel Bada
Escribir – como Duras – a pesar de las bestias en la noche, escribir como si te hubieras muerto, a lo Kate Zambrano o escribir como nace la tierra, con la materia de María Luisa Bombal. O antes de saber hacerlo, como Sabina Urraca. Con la fiebre del mundo golpeando hoy tan fuerte, ¿cómo escribir así?. / ¿cómo y para qué escribir? Recuerdo el ensayo de Margo Glantz, El texto encuentra un cuerpo. Hago caso y lo dispongo —mi cuerpo— obediente, despliego el corazón (¿no dice aquello María Zambrano?). Si es cierto que el texto va a encontrarme, por qué no esperarle fuera de este escritorio. Que me halle a la intemperie o en la orilla de algo vivo o muy cerca de esa criatura que es la palabra sin domesticar: la de Lispector, la de la boca de Sexton que se abre como un corte. Por favor, que así sea. Quiero trasladar a quien lee el placer del texto (o el temblor o este vértigo). Annie Dillard escribe para hallar a Dios y hacerle cenizas, Anne Carson para abrasarlo y después ponerle flores. Antes de encontrarse con la página, ella siempre pinta un volcán.
Pero el lenguaje, en su búsqueda de sentido, deshace esa curiosidad animal. Lo leo en Escribiendo con La obligación de ser genial, de Betina González, busco ese Gozo tan hambriento de Azahara Alonso. Ausente. Acudo al desbordamiento de las pinturas de Paula Regó, al exceso de sus figuras, a los caballos libres de Rosa Bonheur. Lo más cerca que estoy de tocarlos es mi fondo de pantalla. La artista alemana también pintó perros, zorros, leones, ciervos, ganado y también algún ser humano, “el animal más animal de todos”. Los observaba de cerca vestida de hombre, une femme au service de l’art, dicta su biografía. Creía haber domado a estas alturas el scroll infinito, pero hoy —por la fiebre, por el mundo— me aplaco con una imagen tras otra. “Y por mirarlo todo nada veía”, sabía Sor Juana Inés de la Cruz.
“El arte es garantía de cordura”, aparecen las palabras de Louise Bourgeois como un consuelo. La escultora francesa registró su genio en centenares de diarios, pero la escritura siempre se le quedaba corta. Veo sus manos agrietadas, grabando palabras en piedra. Dijo que esa era la única forma en las que sentía poder controlar el mundo.
Todo tormento exige un punto de partida para desarmarse. Escribimos creyendo que algo puede sostenerse. Un espejismo de control esta escritura nuestra.
Pero no estamos solos, tú, que escribes: ¿no participa la literatura de este sortilegio? Mis manos no están manchadas. El texto no sale de mí, a veces hay que exorcizarlo, con pintura, con materia, con este grito.
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La vida en la escritura | Columna Publishers | Raquel Bada
En La vida en la escritura, un alumno le pregunta a Annie Dillard quién puede enseñarle a escribir. Su respuesta es fulminante y aencilla: la página. La página en blanco, con toda su infinitud y todo su terror. Escribir consistiría en manchar ese abismo, atreverse aun a
sabiendas de que al intervenir su blancura una puede estropearla. Asumir que aquello que hagamos será necesariamente imperfecto y aun así. Escoger una y otra vez, frente a la parálisis de dejarla intacta – de no hacernos daño –– rebelarnos. Es la página y solo la
página la que termina por enseñarnos algo. La escritora Premio Pulitzer perfila además a quien escribe como una criatura que observa
su entorno y sacrifica parte de su experiencia inmediata para transformarla, lo más pronto posible, en otra cosa: escritura. Es el precio de escribir: renunciar a una parte de la vida
para poder conservarla. Lo que termina sobre papel poco tiene que ver con los demás porque en realidad toda escritura dice, es un así lo sentí yo. «Un escritor que busca temas sobre los que escribir no se pregunta qué es lo que más ama, sino qué es aquello que solo él ama». Perseguir a ciegas las obsesiones de una, el amor hacia algo que parece pertenecerte solo a ti. No soltar esa fascinación particular – a veces
insoportable para los demás – a la que se vuelve una y otra vez y otra vez. Escribir se transforma entonces en una forma de fijar la atención sobre aquello que, sin nuestra mirada, permanecería inadvertido, o – de nuevo en estas columnas, Simone Weil – cuando
miramos algo hacemos que exista. “Hay que conocer el hueso propio”incide Thoreau, perseguirte, rodear la vida, roer ese hueso, enterrarlo, desenterrarlo y seguir royéndolo. Hacerle caso.
Pero ¿cómo saber qué amamos de verdad? ¿Puedo reconocer aquello que me gusta, antes de que haya pasado por el tamiz de todo lo que se me dice que me debe gustar? Cuando el deseo llega ya mediado – me dicen lo que tengo que desear y me lo creo – mi mirada se
impregna e intoxica. Escribir entonces, exigiría más que nunca ese esfuerzo de sustracción, de vaciamiento y algo de desobediencia. Apartar lo que una pueda el ruido, desconfiar un poco de todo lo que me reclama y averiguar qué queda cuando todo eso desaparece. Qué
seguimos mirando cuando nadie nos dice hacia qué lugar mirar. Suplicar, como Rachel Carson, el deseo de que el don del sentido del asombro dure toda la vida. Para hacer existir el mundo en la página, tiene que dejar de vivirlo por un momento. Laescritura empieza en aquello que no conseguimos abandonar.
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Entre lo vivido y lo narrado siempre queda algo que se resiste algo que se resiste a la posibilidad de relatarse. La y el que escribe presupone que el amor y su fin sí pueden contarse, que existe una secuencia capaz de explicar lo que ocurre entre dos sujetos, señalar el quiebre exacto del amor / el punto exacto donde fractura el amor. Pero la experiencia amorosa rara vez / en rara ocasión se deja ordenar con tanta facilidad. Será verdad lo que advierte Barthes: no es posible atrapar con el lenguaje aquello que se ama. Aventurarse a escribir el amor es afrontar su embrollo: las palabras son a la vez demasiadas o demasiado pocas”. ¿Se puede entonces contar el amor?
De esta imposibilidad nace Artefactos, reeditado fielmente por la deliciosa Ediciones Comisura. Se trata de una obra que aunque parezca, huela o se identifique como libro, es otra cosa. La propuesta de Leanne Shapton dinamita los mecanismos tradicionales de la fábula amorosa. Y la premisa es tan sencilla como brillante: un catálogo de subastas con todas esas cosas que nadie quiere tener en casa después de una ruptura. La magia de Artefactos no reside únicamente en lo que cuenta (chico conoce a chica, todo termina por los suelos), sino en la forma en la que decide hacerlo. El libro adopta el lenguaje visual propio de los catálogos—con sus fotografías, fichas, descripciones y lotes— hasta poner en cuestión qué puede ser una historia y qué forma puede adoptar un libro. Lo que leemos son los restos materiales de un naufragio amoroso convertidos de pronto en triste inventario. La narración emergiendo de sus restos e imágenes: el número de teléfono anotado en una servilleta, los billetes del primer viaje. Desciframos así el principio y por qué del fin de una pareja a través de sus vestigios. ¿El resultado? Un devastador archivo sentimental y la historia de amor que más me ha emocionado en mucho tiempo. Contada a través de sus objetos, que hablan por sí solos / Los objetos cuentan mejor nuestras ficciones que nosotros mismos.
Entre los 224 lotes de que se subastaron tras la muerte de Joan Didion se encontraba la colcha para dormir que ella tejió para su hija, o varias cazuelas Creuset. Es decir: su obsesión por ser una madre entregada / cuidadosa y una anfitriona excelsa a la par .Seguí esa puja fascinada, revelaba más de la autora que cualquiera de sus autobiografías. Que una lista, una fotografía o una sábana vacía revelan más la vida que cualquier relato lo han explorado mentes como la de Sophie Calle, Georges Perec o Annie Ernaux. La escritura a veces, limita una verdad que terminamos deformando.
Para construir la realidad, mejor a la experiencia sola (lo más sola posible) , sin interponernos demasiado en ella. Ya instaba Simone Weil «ojalá desaparecer para que las cosas que veo sean perfectamente hermosas y no sean ya cosas que veo». Contar el amor supone descubrir que el lenguaje siempre llega siempre tarde. Cuando este se intenta nombrar, ya se ha desplazado hacia otra parte.
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Lo que pierdo cuando llega algo nuevo | Columna Publishers | Raquel Bada
Una de las lecturas que más he disfrutado esta temporada ha sido el ensayo The new analog (Alpha Decay) del escritor y músico Damon Krukowski. El texto abre así: “Gracias por leer este libro analógico. Ni su editor, ni su autor, sabe que existes. Nadie tiene información sobre ti”. Respiro solo por lo liberador que suena. Si quiero además subrayar un pasaje –invita el autor–puedo marcar la página con cualquier objeto que tengo a mano, hasta mi uña. Y tampoco gasta batería.
El ensayo escrito en 2017 versa sobre una pregunta: ¿Qué perdemos con
cada promesa digital? Para el autor: comunicarnos a partir del verdadero ruido: la distorsión, los crujidos, los accidentes, el susurro. Lo que John Berger identificó como diferentes maneras de ver, Krukowski lo lleva al ámbito del sonido para identificar diferentes maneras de escuchar, y cómo cada una de estas opciones implican actitudes emocionales irreconciliables.
“La tecnología nos sitúa al ser humano en el centro de todo” reflexiona
Krukowski “Echamos mano del gps pero en realidad: no tenemos ni idea de a dónde vamos”. Es el mapa el que te sigue a ti. Somos un punto azul fuera de contexto. Habitamos un no-lugar, aislándonos a conciencia de nuestro entorno real. “Los medios analógicos sin embargo, se parecen más a nuestro cuerpo” afirma.
Cuando pienso en hacer libros lo que me atrae es su materialidad: el tacto, el grosor del lomo, la porosidad de cada papel. Lo compacto del formato (17×21) – mi favorito – sostenerlo. Pienso en la encuadernación manual que me encantaría aplicar, yo misma, a cada uno de ellos pero no sería práctico. En la corporalidad del color. Los que dan hambre – a mí el frambuesa- o escalofríos, como todos los azules.
El ensayo de Krukowski se publicó antes de la irrupción de la Inteligencia Artificial. Leo un informe del National Institute of Health que advierte en voz baja, cómo confiar ella para las tareas que antes realizábamos puede erosionar, entre otras cosas, la confianza en nuestras propias capacidades. Menguar, si ya nos quedaba poca, nuestra autoestima. La paradoja. Pero escribir –como la escucha, la lectura– es un acto de construcción. Arrastra su corte y confección. Escribir es algo lento, frágil y pegajoso, como la masa an que durante años perfecciona la anciana de Dorayaki, la tierna novela que a tantos ha llegado. “Esta masa tiene alma” dice incrédulo el protagonista ante lo rica que en comparación con la que siempre usa: la fácil, rapidísima y prefabricada.
Y sí que tiemblo con la IA en nuestra cotidianidad, en la mía. El no poder sortearla, que vaya colándose, que nos acostumbremos. Es triste que podamos perder otra artesanía más – la escritura– y con ella más de ese tiempo por el que tanto suplicamos y que, con cada artefacto, parece ahogarnos más.
Hoy (por lo menos, hoy) estoy aquí, escribo, como esa reflexión de Sabina Urraca “chat gpt no puede sentir la ansiedad que yo siento” mientras. Nadie sabe que escribo este texto, en esta libreta amarilla, que tacho, repienso, doblo, que he manchado esta mañana con un poco de té y aun, funciona.
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El amor como una casa maldita | Columna Publishers | Raquel Bada
Imagina el amor como una casa maldita. El amor como un ente propio, persecutorio, sólido e inescapable. Cuatro paredes —aplastantes— que te abrigan lo justo paraquedarte hasta que se te vienen encima y aparece el primero —de demasiados—temblores. El amor como una casa en la que la domesticidad se vuelve una forma de vigilancia. En Mátate, amor —la turbadora novela de Ariana Harwicz recientemente adaptada al cine por Lynne Ramsay— no hay ternura posible en ese hogar donde una mujer se deshace, se mastica a sí misma solo para sentirse. En esa frontera entre el instinto y la culpa, el amor ausente es apenas otra forma de violencia, y el deseo, un animal acorralado. En la película vemos a una Jennifer Lawrence que convulsiona, poseída—solo ella comprende— ante su cegado, incrédulo y asustado marido que en el filminterpreta Robert Pattinson. El escenario: como si una de las mujeres de Edward Hopper—silenciosa, contenida— se hubiese cansado de esperar. ¿A qué?
Es esa agónica latencia lo que transforma a las mujeres de estas historias en Penélopes más cercanas a la que imagina Margaret Atwood: atrapadas entre la fidelidad y el resentimiento, reconstruyendo su historia desde el inframundo, cuestionando el amor como deber y la resignación como virtud. La aparente locura es en todas ellas un acto de libertad violento de todo el peso acumulado. Como la ¿loca? mujer en el ático de Jane Eyre, o la espectral Rebecca de Daphne du Maurier. Atwood también convierte el mito doméstico en una casa embrujada por la culpa, y a su protagonista en una mujer en llamas. “Ahora que estoy muerta lo sé todo”. Estas protagonistas hacen arder esa versión de sí mismas: la del ángel del hogar. Y los hombres de estas casas encantadas buscan siempre conservar, preservar, intacto a ese ángel. Es un hombre así el que atrapa a la protagonista de Comerás flores (libros del Asteroide), el que ha sido el libro de este otoño: una primera novela adictiva, incómoda y brillante de la escritora Lucía Solla Sobral. Hay muchos amores feos, y los peores son los que se cuelan, serpentean y se instalan. Comerás flores advierte y retrata cómo las tramas de una historia aterradora pueden convertirte —te convierten— en algo irreparable. “No quieres dañarme / pero mira qué profunda ha llegado la bala”. La mítica canción de Kate Bush podría ser la banda sonora de esta historia.
Esa misma casa —revisitada por autoras contemporáneas— sigue siendo el escenario donde amor y violencia se desdibujan bajo un mismo techo. En Comerás flores, la intimidad es esa casa maldita, el terreno donde el amor echa raíces tóxicas. El amor podrido, ese que daña, huele igual que un hogar abandonado: a humedad, a memoria pegajosa, a la insistencia de algo que no termina y debería tan solo sepultarse.
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Escribir de la piel para adentro | Sobre Elena Quiroga | Raquel Bada
Este otoño se cumplen treinta años desde que la escritora Elena Quiroga nos dejara. Una autora singular, con su voz honda, velada, esquiva, irrepetible. La gran ausente pese a hitos indiscutibles: segunda mujer en ingresar en la RAE, una de las primeras Nadales. Y, sin embargo, sigo sin encontrarla entre los grandes. El nombre de Elena resbala en la memoria colectiva. A pesar de los esfuerzos por reivindicarla, la certeza de que no conocemos a una de nuestras escritoras más singulares quema.
Cuando me preguntan el porqué de su olvido, tiendo a dar esa respuesta suya: “si me leen” – confiaba – “lo harán por lo que escribo”. Era ya difícil entonces consagrarse como mujer que escribía y más aún desde una intimidad elegida. Quiroga no quiso prestarse al juego. Rehuyó la mirada ajena, y – creo que ella sí– nunca escribió para los demás. Era escritora de la piel hacia adentro, como la describió Miguel Ángel Chica.
Autodidacta hasta la médula, se formaría con lecturas urgentes, clases a las que asistía de oyente, y una autodisciplina férrea de cuatro horas diarias de escritura. Cantabria su matria y Galicia su patria, dijo. Ambas envuelven su corpus literario. Nunca se instaló del todo en los cenáculos literarios y esa soledad escogida la convirtió en una rara avis: una escritora sin capilla ni clan. Exponerse le repelía y ahí halló quizá, su condena. Como lectores no nos convencen las puertas cerradas.
Su carrera arrancó con fuerza: Viento del Norte, con la que obtuvo el Premio Nadal en 1950, trazaba un retrato áspero de la vida en un pazo gallego. Una década más tarde, en Tristura, se adentró en las grietas de la infancia como territorio narrativo, adelantándose a otros autores que explorarían esa misma senda. En Escribo tu nombre, quizá su novela más ambiciosa, dialoga con el poema Libertad de Paul Éluard.
Quiroga no encajaba en su tiempo ni en el nuestro. En los años cincuenta, cuando el realismo social se imponía como etiqueta de compromiso, escribía desde otro lugar, sin plegarse a las corrientes, con una prosa que avanza con quietud férrea, atenta a lo mínimo. La mirada puesta en lo radicalmente interior. Mientras Ana María Matute, Carmen Laforet o Carmen Martín Gaite encontraban un lugar en el canon, permanece en los márgenes, fiel a una escritura íntima que no encontraba –ni encuentra – etiquetas.
“Si me leen, lo harán por lo que escribo”. Sí, confiaba. Esa extraña y ciega fe en la literatura como única herencia. Al final, quizá ese olvido del que hablo me tocaba también a mí: descubrirla y editarla ha sido una forma de reconocer un vacío propio.
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Este mundo saciado | Columna Publishers | Raquel Bada
Hay algo que dice Simone Weil: en un mundo saciado no puede entrar la gracia; Una sociedad como la que nos toca –empachada, indigesta de contenido – no padece hambre. A lo sumo sufre bajones de azúcar, mono o síndrome de abstinencia. En una cotidianidad sin silencio, acelerada y sin huecos para el aburrimiento, la belleza no tiene donde posarse ni puede calar.
Hace unas semanas, al hilo del cierre de la librería Tipos Infames, leía el comentario de una tuitera: “es dar a la gente lo que prefiere”. Aprobar el sustituir un lugar que construía, por otro de esos productos que empachan. Lugares con fecha de caducidad cortísima, entregados al turismo de paso, a la última ansia del mercado pasajero. En la saturación nada bello acontece.
No revelo nada si digo que la desaparición de estos enclaves —librerías, comercios, locales ya históricos— no es buen síntoma. No olvidemos el cierre del Café Gijón, absorbido otra cadena más. Un lamento más en este pequeño gran luto compartido. Lo que venimos diciendo desde hace tiempo: ciudades uniformes, glotonas y sin alma. Ciudades donde todo se parece, donde todo es intercambiable, donde la experiencia se reduce a consumo rápido y reconocible.
En una de las explicaciones de los dueños de Tipos explicaba que, a la inasumible subida del alquiler de su local en Malasaña, se sumaba la migración de la clientela habitual. Muchos clientes de siempre ya no viven en el barrio. Mientras tanto, el sector del libro sí crece. Se venden más libros, pero cierran las librerías que los sostienen como ecosistema cultural. El ciclo de vida del que nos alimentamos los del sector independiente. Otra heridita se abre cada vez que cierra una librería.
Esta probablemente capitaneó durante años la idea de que las librerías, en un momento en el que solo se hablaba de las mil y una amenazas que acechaban al libro, seguían teniendo sentido. El cierre es uno de los muchos ejemplos,– 80 mundos en Alicante, Librerío de La Plata en Sabadell, Desperate Literature también en Madrid – de proyectos desplazados por la transformación del mercado urbano en los barrios que ayudaron a revitalizar.
Era 2017 y salía de trabajar de un espacio cultural en la calle de la Palma. Otro lugar que por los mismos males, ya tampoco existe. Entraba en Tipos, husmeaba los libros que eran canela fina. El libro fue tejiéndose como una posibilidad concreta.
Hace unos meses escribí una columna aquí, aturdida por la inteligencia artificial. Lo que pierdo cuando llega algo nuevo, la llamé. Con IA, sopeso algunas dudas, aquí lo tengo claro. Con cada cierre se estrecha un poco más el espacio para la gracia. Una lágrima por este mundo atiborrado. Seguiremos confundiendo abundancia con plenitud.
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El mundo una sola vez | Columna Publishers | Raquel bada
En sus nuevas memorias – Pan de Ángel – Patti Smith se recrea una imagen muy concreta: su madre, sentada sin más en una silla de madera del comedor, abstraída. La Patti niña preguntona: ¿Qué haces, mamá? “Oh, nada, pensando cosas” responde ella. Me intriga cuántas imágenes así nos quedan. Las imagino disolviéndose, desintegrándose. Visiones de personas, sencillamente, estando. De entre todo el corpus literario de la sacerdotisa del rock, son estas «memorias definitivas» de Smith las que difieren radicalmente de su ya emblemática Just Kids, ese retrato de juventud plagado de criaturas hechizantes del Nueva York de los 70 que le valió el National Book Award. Por ellas desfilaban los poetas del punk, los Dylans y las Sedgwick intercambiables, chicos de la Factoría deslizándose por el Hotel Chelsea. Amistades a fuego y el idealismo por bandera que siempre ha guiado a la autora.
En Pan de Ángeles Smith acaricia los 80. Aquí la joven ya ha crecido. En el texto traspasa esa serenidad que dicen alcanzas si llegas a esas alturas. La leemos plácida, recordándose de niña: sostener a su hermana recién nacida, la primera caída en bicicleta, la infancia fabulada. Esas core memories (recuerdos raíz/recuerdos nucleares) que ella bautiza así: como pan de ángeles. Rozo casi la mitad del libro y el tiempo parece haberse congelado en una sola mirada, ahí. “Miramos el tiempo una sola vez – en la infancia. El resto es memoria” Louise Glück dixit.
Si lo que ansías es rencontrarte con la Smith incendiaria y sus destellos, entonces es posible que te decepcionen un poco. Evitamos enfrentarnos a las estrellas en su ancianidad o se asume que no queremos mirarlas cuando se apagan las luces. Incluso en homenajes la vejez queda fuera de encuadre. Al parecer, incomoda.
Sin embargo, con la lectura parece estar ocurriendo otra cosa: una lenta pero persistente corrección del foco. Libros longseller como Lo que somos ahora, Nuestro mundo u Olor a hormiga irrumpen para recordarnos que la madurez es un territorio con densidad propia, lleno de contradicciones, pérdidas y formas inéditas de lucidez. Autoras como Bibiana Collado, Júlia Peró, Salome Esper o Liliana Muñoz desplazan la escritura hacia una madurez compleja, viva y narrable. Y existe una creciente curiosidad lectora que se atreve a indagar esa etapa que el imaginario dominante prefiere omitir. ¿Cómo es la ‘Vida, vejez y muerte de una mujer de pueblo’? propone Didier Eribon. Resulta que sí nos interesa.
May Sarton reivindicaba la vejez como territorio fértil en una conferencia «¿Qué tiene de bueno ser mayor?» le preguntan, «Que soy yo más que nunca». La charla la tituló: ‘Una visión desde aquí’. Y desde esa conciencia —serena, firme— el mundo puede leerse, entero, crepuscular y lúcido.
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Me contaron que mi madre llegó con la nieve. Una nieve blanca, mitológica, exquisita y permeable. Una nieve casi fabulada, porque yo nunca la había visto caer del cielo. Ocurrió en un enero, en Xàtiva. La ciudad de las mil fuentes hecha cristal, toda cubierta
de agua helada. Los pies ardiendo de frío. En Valencia solo había conocido el sol deslumbrante y, a lo sumo, una cazadora ligera. Cómo era posible aquello no lo sabía. Más tarde descubrí de la mano de Chirbes que hubo otra nevada: aquella que retrató en
su obra mínima pero hermosísima El año que nevó en Valencia. Aprendí también sobre as riadas, que el agua había atravesado los jardines donde yo jugaba. Un agua quieta, pesada, atrapada bajo los puentes del Real y del Mar. Por ahí pasaba el río que a veces
se desbordaba: el Turia. Hoy la lengua de mis abuelas —“esa que decía xiqueta, o zagalica”— se me ha llenado de huecos y es ese río estancado. Ya nadie me llama así, como cuenta el poema de
Bibiana Collado, y siento esas ausencias y huecos en un lenguaje que no he heredado. Cuando escribo el Tintablanca dedicado a la ciudad donde nací se me hace evidente lo difícil que es contarla. Quizá no sabemos narrarnos bien. O quizá Valencia sostiene tantas capas, el amor y la ferocidad, que cualquier intento no alcanza. En ella laten —como dejó versado Estellés— también sus contradicciones: la
levadura y el pan, la fe y la medalla oculta, el surco y la cosecha. El poeta que todavía falta por leerse —pese al centenario, pese a los esfuerzos— y que sigue siendo un territorio entero por descubrir, como esos pájaros de fuego y chispa que narró María
Beneyto desde aquí y que pocos han leído.
Tal vez eso sea: que no nos sabemos contar. Que esta ciudad –la Malquerida– es, a la vez, tierra de luz y de ceniza, un lugar vertebrado por heridas antiguas que nunca terminan de curarse. Valencia la a veces blanca en la que en un día nevó contra toda lógica, la que reaparece como aquella primera nieve inventada: improbable, luminosa, y cierta.
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Las que sueñan el sueño dorado

Escribió Scott Fitzgerald que la biografía es la más falsa de todas las artes: aspira a fijar lo inasible, una vida siempre más contradictoria que cualquier relato. En esa tensión se inscribe la propuesta de Lili Anolik, que enfrenta a Joan Didion y Eve Babitz como si un hilo invisible hubiera tejido sus destinos. Su premisa es seductora: la California de los setenta —ya indisociable de Didion— no puede entenderse sin la franqueza, la voluptuosidad y la inmediatez de Babitz. Pero no estamos ante una biografía en paralelo. Anolik no se limita a yuxtaponer: interpreta, subraya, organiza el material hasta forzar conexiones que a menudo construyen una simetría más imaginada que real. Se inmiscuye demasiado. El eje es una carta no enviada de Babitz a Didion —“Podrías escribir así si no fueras tan pequeña”— conviven admiración, resentimiento y una lucidez incómoda. A partir de ahí, el libro propone una lectura en espejo que termina por distorsionar aquello a lo que pretende dar luz.
El resultado hace poca justicia a ambas. Si el objetivo era rescatar a Babitz del margen o del olvido relativo en el que ha permanecido frente a la canonización de Didion, el intento es, como mínimo, problemático. Compararlas no solo simplifica: revela la imposibilidad misma del paralelismo. Ni siquiera el cierre de sus vidas logra equilibrar la balanza: Babitz murió días antes que Didion y volvió a quedar eclipsada por el duelo colectivo que siguió a la segunda.
Didion construyó su figura con una disciplina temprana y sostenida: Sacramento, Berkeley, Vogue como laboratorio de estilo. Su escritura —analítica, contenida, obsesionada con el control— diseccionó su tiempo con precisión clínica. Incluso el duelo —la muerte de John Gregory Dunne y de su hija Quintana Roo— fue incorporado a una arquitectura narrativa rigurosa, donde nada parece quedar fuera de forma.
Babitz, en cambio, pertenece a otro ecosistema. Criada en el corazón del mundo artístico de Los Ángeles, entendió la cultura como experiencia antes que como objeto de análisis. Musa, figura social, autora de libros como El Hollywood de Eve o Días lentos, Compañías, su escritura privilegia el instante: fiestas, amantes, noches interminables, pero también una sensibilidad capaz de capturar la textura emocional de una época con una ligereza engañosa. Donde Didion impone distancia, Babitz se abandona; donde una estructura, la otra deriva. Didion vivió para escribir y Babitz escribió desde haber vivido. Convertirlas en polos de una misma lógica no solo empobrece la lectura, sino que traiciona lo esencial de ambas. La biografía incomoda porque, al intentar desmontar la comparación, inevitablemente la reproduce.
Las mitologías de rivalidad literaria abundan: Fitzgerald y Hemingway, García Márquez y Vargas Llosa, Sylvia Plath y Anne Sexton. En todas hay una lógica de suma cero, un relato que necesita vencedores y derrotados. Quizá el problema no sea quién gana, sino la persistencia de ese marco. Porque, como sugiere —a su pesar— esa mirada rival, lo más interesante ocurre precisamente en aquello que no admite comparación.

Este amor que yo me he inventado. | Columna Publishers
El tiempo en el que se desarrolla el deseo, dice Anne Carson, solo lo comprenden los amantes. ¿Qué pasa cuando nos sobreviene ese primer rapto, confuso, sin forma? Una persona irrumpe —o la hacemos irrumpir— y sin darnos cuenta: el arrojo. Sobre eso trata El Accidente de Blanca Lacasa, una historia que pulsa pausa a ese concreto
instante donde todo parece arrollarte. La novela tiene un ritmo fragmentado, veloz, eléctrico. Una escritura que reproduce el funcionamiento del enamoramiento: cinematográfica, obsesiva, entrecortada, llena de preguntas. No leemos una historia
de amor con punto y final, atestiguamos una especie de radiografía del arrebato amoroso. Ese momento tan adictivo como tortuoso y enajenante sobre el que ya se embarró Annie Ernaux en su reveladora Pura Pasión. Una narrativa que apela e interesa: escritoras de hoy explorando este tipo de amores inestables, huidizos, y difíciles de nombrar. La ausencia de contexto y detalles en la historia ayuda a retratar uno de los síntomas actuales: lo difícil que nos resulta poner nombre a las cosas. La autora decide alejarse de lo concreto. No sabemos mucho de los protagonistas, “Ella” y “Él”; ni sus edades
exactas, ni a qué se dedican, ni qué tipo de vida llevan. Son contornos más que personas. Describía Barthes que el enamorado vive en una especie de desrealidad. Sufre una especie de anonadamiento —“me abismo”, lo llamaba él—. Lacasa lo cuenta así: sus protagonistas entran en un cuarto propio que no es el de Virginia Woolf, sino uno imaginario que solo existe para proyectar y construir el deseo hacia el
otro. Amueblarlo con ese todo eso que haremos cuando estemos juntos. Inquieta como cada red flag, cada pequeña alerta, se ignora.
Como pasa cuando estamos deslumbradas – ese emoji que no convence, las horas que pasan o la frase ambigua – y, sobre todo, el silencio emocional actual que solo se rompe con sacacorchos. Uno se
abisma, te exilias de ti y es la vida real la que incordia. Estas son las pequeñas explosiones que encuentro en la narración.
Este no es un relato sobre el para siempre. Es una novela breve sobre el momento en que todo se abre, del deseo con todos sus recovecos. Simone Weil ya lo vio cristalino: el amor tiene hambre de realidad. Y aun así, ¿cómo no imaginar? Seguramente, como
ya apuntó Joan Didion, nos contamos (y alimentamos) estas historias (amorosas) para
poder vivir.
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