Writings

Lo que pierdo cuando llega algo nuevo

27 de diciembre de 2025

Columna publicada en Publisher’s Weekly

Una de las lecturas que más he disfrutado esta temporada ha sido el ensayo The new analog (Alpha Decay) del escritor y músico Damon Krukowski. El texto abre así: “Gracias por leer este libro analógico. Ni su editor, ni su autor, sabe que existes. Nadie tiene información sobre ti”. Respiro solo por lo liberador que suena. Si quiero además subrayar un pasaje –invita el autor–puedo marcar la página con cualquier objeto que tengo a mano, hasta mi uña. Y tampoco gasta batería.


El ensayo escrito en 2017 versa sobre una pregunta: ¿Qué perdemos con
cada promesa digital? Para el autor: comunicarnos a partir del verdadero ruido: la distorsión, los crujidos, los accidentes, el susurro. Lo que John Berger identificó como diferentes maneras de ver, Krukowski lo lleva al ámbito del sonido para identificar diferentes maneras de escuchar, y cómo cada una de estas opciones implican actitudes emocionales irreconciliables.


“La tecnología nos sitúa al ser humano en el centro de todo” reflexiona
Krukowski “Echamos mano del gps pero en realidad: no tenemos ni idea de a dónde vamos”. Es el mapa el que te sigue a ti. Somos un punto azul fuera de contexto. Habitamos un no-lugar, aislándonos a conciencia de nuestro entorno real. “Los medios analógicos sin embargo, se parecen más a nuestro cuerpo” afirma.

Cuando pienso en hacer libros lo que me atrae es su materialidad: el tacto, el grosor del lomo, la porosidad de cada papel. Lo compacto del formato (17×21) – mi favorito – sostenerlo. Pienso en la encuadernación manual que me encantaría aplicar, yo misma, a cada uno de ellos pero no sería práctico. En la corporalidad del color. Los que dan hambre – a mí el frambuesa- o escalofríos, como todos los azules.

El ensayo de Krukowski se publicó antes de la irrupción de la Inteligencia Artificial. Leo un informe del National Institute of Health que advierte en voz baja, cómo confiar ella para las tareas que antes realizábamos puede erosionar, entre otras cosas, la confianza en nuestras propias capacidades. Menguar, si ya nos quedaba poca, nuestra autoestima. La paradoja. Pero escribir –como la escucha, la lectura– es un acto de construcción. Arrastra su corte y confección. Escribir es algo lento, frágil y pegajoso, como la masa an que durante años perfecciona la anciana de Dorayaki, la tierna novela que a tantos ha llegado. “Esta masa tiene alma” dice incrédulo el protagonista ante lo rica que en comparación con la que siempre usa: la fácil, rapidísima y prefabricada.

Y sí que tiemblo con la IA en nuestra cotidianidad, en la mía. El no poder sortearla, que vaya colándose, que nos acostumbremos. Es triste que podamos perder otra artesanía más – la escritura– y con ella más de ese tiempo por el que tanto suplicamos y que, con cada artefacto, parece ahogarnos más.

Hoy (por lo menos, hoy) estoy aquí, escribo, como esa reflexión de Sabina Urraca “chat gpt no puede sentir la ansiedad que yo siento” mientras. Nadie sabe que escribo este texto, en esta libreta amarilla, que tacho, repienso, doblo, que he manchado esta mañana con un poco de té y aun, funciona.

Publisher’s Weekly Column

El amor como una casa maldita

1 de noviembre de 2025

Columna de Diciembre para Publishers Weekly

Imagina el amor como una casa maldita. El amor como un ente propio, persecutorio, sólido e inescapable. Cuatro paredes —aplastantes— que te abrigan lo justo paraquedarte hasta que se te vienen encima y aparece el primero —de demasiados—temblores. El amor como una casa en la que la domesticidad se vuelve una forma de vigilancia. En Mátate, amor —la turbadora novela de Ariana Harwicz recientemente adaptada al cine por Lynne Ramsay— no hay ternura posible en ese hogar donde una mujer se deshace, se mastica a sí misma solo para sentirse. En esa frontera entre el instinto y la culpa, el amor ausente es apenas otra forma de violencia, y el deseo, un animal acorralado. En la película vemos a una Jennifer Lawrence que convulsiona, poseída—solo ella comprende— ante su cegado, incrédulo y asustado marido que en el filminterpreta Robert Pattinson. El escenario: como si una de las mujeres de Edward Hopper—silenciosa, contenida— se hubiese cansado de esperar. ¿A qué?

Es esa agónica latencia lo que transforma a las mujeres de estas historias en Penélopes más cercanas a la que imagina Margaret Atwood: atrapadas entre la fidelidad y el resentimiento, reconstruyendo su historia desde el inframundo, cuestionando el amor como deber y la resignación como virtud. La aparente locura es en todas ellas un acto de libertad violento de todo el peso acumulado. Como la ¿loca? mujer en el ático de Jane Eyre, o la espectral Rebecca de Daphne du Maurier. Atwood también convierte el mito doméstico en una casa embrujada por la culpa, y a su protagonista en una mujer en llamas. “Ahora que estoy muerta lo sé todo”. Estas protagonistas hacen arder esa versión de sí mismas: la del ángel del hogar. Y los hombres de estas casas encantadas buscan siempre conservar, preservar, intacto a ese ángel. Es un hombre así el que atrapa a la protagonista de Comerás flores (libros del Asteroide), el que ha sido el libro de este otoño: una primera novela adictiva, incómoda y brillante de la escritora Lucía Solla Sobral. Hay muchos amores feos, y los peores son los que se cuelan, serpentean y se instalan. Comerás flores advierte y retrata cómo las tramas de una historia aterradora pueden convertirte —te convierten— en algo irreparable. “No quieres dañarme / pero mira qué profunda ha llegado la bala”. La mítica canción de Kate Bush podría ser la banda sonora de esta historia.

Esa misma casa —revisitada por autoras contemporáneas— sigue siendo el escenario donde amor y violencia se desdibujan bajo un mismo techo. En Comerás flores, la intimidad es esa casa maldita, el terreno donde el amor echa raíces tóxicas. El amor podrido, ese que daña, huele igual que un hogar abandonado: a humedad, a memoria pegajosa, a la insistencia de algo que no termina y debería tan solo sepultarse.

Este amor que yo me he inventado.


El tiempo en el que se desarrolla el deseo, dice Anne Carson, solo lo comprenden los amantes. ¿Qué pasa cuando nos sobreviene ese primer rapto, confuso, sin forma? Una persona irrumpe —o la hacemos irrumpir— y sin darnos cuenta: el arrojo. Sobre eso trata El Accidente de Blanca Lacasa, una historia que pulsa pausa a ese concreto
instante donde todo parece arrollarte. La novela tiene un ritmo fragmentado, veloz, eléctrico. Una escritura que reproduce el funcionamiento del enamoramiento: cinematográfica, obsesiva, entrecortada, llena de preguntas. No leemos una historia
de amor con punto y final, atestiguamos una especie de radiografía del arrebato amoroso. Ese momento tan adictivo como tortuoso y enajenante sobre el que ya se embarró Annie Ernaux en su reveladora Pura Pasión. Una narrativa que apela e interesa: escritoras de hoy explorando este tipo de amores inestables, huidizos, y difíciles de nombrar. La ausencia de contexto y detalles en la historia ayuda a retratar uno de los síntomas actuales: lo difícil que nos resulta poner nombre a las cosas. La autora decide alejarse de lo concreto. No sabemos mucho de los protagonistas, “Ella” y “Él”; ni sus edades
exactas, ni a qué se dedican, ni qué tipo de vida llevan. Son contornos más que personas. Describía Barthes que el enamorado vive en una especie de desrealidad. Sufre una especie de anonadamiento —“me abismo”, lo llamaba él—. Lacasa lo cuenta así: sus protagonistas entran en un cuarto propio que no es el de Virginia Woolf, sino uno imaginario que solo existe para proyectar y construir el deseo hacia el
otro. Amueblarlo con ese todo eso que haremos cuando estemos juntos. Inquieta como cada red flag, cada pequeña alerta, se ignora.

Como pasa cuando estamos deslumbradas – ese emoji que no convence, las horas que pasan o la frase ambigua – y, sobre todo, el silencio emocional actual que solo se rompe con sacacorchos. Uno se
abisma, te exilias de ti y es la vida real la que incordia. Estas son las pequeñas explosiones que encuentro en la narración.
Este no es un relato sobre el para siempre. Es una novela breve sobre el momento en que todo se abre, del deseo con todos sus recovecos. Simone Weil ya lo vio cristalino: el amor tiene hambre de realidad. Y aun así, ¿cómo no imaginar? Seguramente, como
ya apuntó Joan Didion, nos contamos (y alimentamos) estas historias (amorosas) para
poder vivir.